¡Tu eres mi hijo Rodolfo!

Anoche, fui a comprar algunas cosas al supermercado. Me encanta ir de madrugada, tienes toda la tienda para ti solo, y puedes tomarte todo el tiempo que quieras en elegir las cosas más sencillas.

De regreso a casa, la cochera estaba ocupada. Dejo el carro a la vuelta de la esquina, bajo algunas bolsas, camino a mi casa y dejo las bolsas en el piso mientras busco las llaves. Un señor caminaba por la mitad de la calle, tranquilo.

Ahora, no me gusta juzgar a los demás, pero no puedo dejar de notar que este señor se encontraba en avanzado estado de desnudez. Caminaba pausadamente con sus gumaros al viento y parecía no importarle.

- Buenas noches caballero.

- Muy buenas noches – le respondo.

- Asi es joven. ¡Gente como usted hacen que Monterrey sea grande!

- Muchas gracias señor.

- A usted.

Y sigue caminando.

Pocas cosas me sorprenden. Pero, este señor necesita ayuda, pensé. La policía suele ignorar de plano a los indigentes. (Lo sé) Pero un indigente desnudo es una Ofensa Contra La Paz y La Moral Pública. Se lo llevarían a una celda con piso de concreto, donde sería causa y víctima de el escarnio de otros detenidos, mientras deciden que hacer con el. (A- Darle una cobija y soltarlo de nuevo, o B-Llevarlo al sanatorio estatal donde le darían una cobija, lo llenarían de drogas, y lo soltarían de nuevo.)

Tomé unos shorts y una camiseta de mi cuarto, y salgo a alcanzarlo.

- Señor, le traje esto por que pensé que podría necesitarlo.

- Dios me lo bendiga. ¡Tu me has hecho fuerte esta noche!

Toma la ropa, la pone en el piso, y me abraza repentinamente.

- ¡Tu eres mi hijo Rodolfo! ¡Que Dios te guarde siempre! ¡Abrazame, aprietame fuerte mijo!

La imagen de mi abrazando a un muy arrugado y muy desnudo hombre en medio de la calle debe haber sido muy extraña. Espero que nadie me haya visto.

- Que Dios te guarde y te proteja mijo.

- A usted señor. Cuidese, ¿de acuerdo?

Me doy la vuelta y camino hacia mi carro, a recojer el resto de las bolsas. Me quedé pensando si el señor se pondría la ropa, pero decidí dejarlo guardar algo de dignidad y confiar en que lo haría el solo.

El señor olía a viejo, pero no apestaba a sucio ni tenía aliento alcohólico, lo que me hace creer que tal vez sufría (o tal vez no, más bien parecía disfrutarla) de demencia senil, o de alzheimer. Quizá salió a comprar el periódico y olvidó ponerse la ropa.

Espero que recuerde el camino de vuelta a casa.

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